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sábado, 9 de febrero de 2013

LAS CRUCES DE LEONOR: UN VERDADERO AMOR REAL

Hablemos de una historia de amor.Se trata de la que protagonizaron el rey Eduardo I de Inglaterra y su esposa Leonor de Castilla, en un tiempo en el que los matrimonios eran meras alianzas y nadie pensaba que los príncipes debieran tener en cuenta sus propios sentimientos. A pesar de todo, a veces, tan sólo a veces, brotaba el amor.
Leonor de Castilla nació entre 1241 y 1244, según las fuentes. Era hija del rey Fernando III y de su esposa Jeanne de Dammartin, condesa de Ponthieu.
Cuando tenía tan sólo entre 10 y 13 años, la casaron con el príncipe Eduardo de Inglaterra, que contaba 15. El matrimonio formaba parte de un acuerdo de paz con los ingleses, con los que Castilla litigaba por la posesión de Gascuña. Se celebró el 19 de octubre de 1254 en el monasterio de las Huelgas, en Burgos, y en aquella solemne ocasión Alfonso X el Sabio, hermanastro de la novia, armó caballero al joven novio.
Se cree que el matrimonio no se consumó hasta que ella se convirtió en adulta, porque sólo después de cumplir 18 años empezó a tener casi un hijo cada año. Fue un matrimonio perfecto. Ambos se amaban mucho y congeniaban bien. Eduardo la tenía a su lado siempre que le era posible. De hecho, él es uno de los pocos reyes a los que no se les conocen amantes ni hijos bastardos. Y ella también se consagró por entero a él.
Solían viajar juntos, no importa adonde fuera, porque Eduardo no podía estar mucho tiempo sin ella, de modo que Leonor incluso le acompañó a las Cruzadas. Cuenta la leyenda que cuando una flecha envenenada alcanzó al rey durante la Cruzada, Leonor succionó el veneno para salvarle la vida. A su regreso, en 1274, ambos fueron coronados, pues el padre de Eduardo, el rey Enrique III, había fallecido.
La vida de ambos esposos está llena de detalles conmovedores. Cada lunes de Pascua se hacía la tradicional broma que consistía en que Eduardo se dejaba atrapar en su lecho por las damas de Leonor, que lo retenían para que no acudiera a la alcoba de la reina en esos días santos. Y luego, pasadas esas fechas, él les pagaba un rescate para que le dejasen libre.
Significaba tanto esta costumbre para Eduardo que el primer lunes de Pascua tras la muerte de Leonor les dio igualmente a sus damas el dinero que les hubiera dado ese día de haber vivido ella.
 Tuvieron 15 hijos, que algunas fuentes hacen ascender a 16 e incluso a 17. La mayoría fueron niñas.
Una de ellas, Juana, nació en Acre, Palestina, mientras Leonor acompañaba a su marido durante la Cruzada.
Durante uno de esos viajes, en 1291 Leonor dio a luz a su último hijo y padeció altas fiebres. Ni ella ni el niño sobrevivieron.
El cuerpo de la reina fue trasladado al priorato de Santa Catalina para ser embalsamado. Después fue enterrada en la abadía de Westminster, junto a su suegro, el rey Enrique III, pero sus vísceras fueron depositadas en la catedral de Lincoln.
Su esposo, destrozado, honró su memoria haciendo erigir cruces en cada lugar en el que descansó el cortejo fúnebre, que duró 12 días. Las cruces se conocen hoy como Eleanor Crosses (las cruces de Leonor), y algunas aún siguen en pie. Una de ellas estaba en el lugar en el que existe hoy una estación de metro llamada Elephant and Castle, curioso nombre que al parecer no es otra cosa que una corrupción de “La Infanta of Castile”. Y seguramente muchos de ustedes habrán estado alguna vez en Charing Cross, que así se llama porque una vez hubo allí una de esas cruces de Leonor, destruida durante el siglo XVII.
El monumento actual es una reproducción del XIX, más adornada que la original. Mide 21 metros de altura y lleva 8 estatuas de Leonor. Algunos estudiosos hacen derivar el nombre de Charing de “chere reine” (querida reina), con lo que Charing Cross significaría La cruz de la querida reina.
Eduardo volvió a casarse 8 años después, porque sólo uno de sus hijos varones sobrevivía. Si el príncipe moría, los esposos de sus hermanas podían desencadenar una guerra de sucesión. Era preciso, pues, asegurar su descendencia con al menos otro varón, y eligió para tal fin a Margarita de Francia.
Pero nunca olvidó a esa esposa a la que, según sus propias palabras en una carta al abad de Cluny,
“tanto quisimos en vida, y a quien después de muerta no podemos dejar de amar”.

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