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sábado, 9 de febrero de 2013

MI GRANADA: LA FUENTE DE AVELLANO. Leyenda y tertulia

¿No merecía Granada, entre sus bellos títulos, ostentar también el de Ciudad de las Fuentes? Ninguna ciudad de España posee tan lindas ni tan múltiples fuentes como Granada la Sultana. Esto escribía Melchor Almagro en los Recuerdos de mi vida, pero eso era allá por 1900.Una de las fuentes más emblemáticas para los granadinos ilustrados de finales del siglo XIX era la del Avellano, asociada como estaba a la figura de Ángel Ganivet. Sin querer olvidar a sus dos fuentecillas hermanas, situadas un poco más arriba y también en el valle del Darro, la Fuente Agrilla y la de la Salud.
A veces, sucede que un lugar concentra los ingredientes emocionales básicos para crear un entorno de ensueño y sosiego. A la Fuente del Avellano se llega tras un corto paseo siguiendo el curso del río Darro, al final del Paseo de los Tristes y del camino que lleva su mismo nombre; y es que estando tan cerca de la ciudad, uno se encuentra rodeado de naturaleza por donde mire, pudiendo divisar justo enfrente al barrio del Sacromonte granaíno, y a lo lejos disfrutar del Albaicín.
Esta fuente existe por el agua que rebosa de la acequia real de la Alhambra y que a través del monte llega a ella. El camino está lleno de azulejos con poesías dedicadas al lugar. Todo granaíno que haya subido a la fuente, habrá comprobado que fresca y gélida es el agua que mana de ella. A este lugar acudían ilustres granadinos para sus tertulias, escritores e intelectuales de finales del s. XIX y principios del XX, como Ángel Ganivet, Falla e incluso un jovencísimo Lorca. Como muchos de los rincones de Granada,esta fuente tambien tiene su leyenda.Hay muy poca gente ya en Granada que cuente la leyenda que os voy a contar. Caminando por el Paseo de los tristes, a la vera del río Darro, hay un camino que conduce a una fuente misteriosa conocida con el nombre de La Fuente del Avellano. La persona que me contó la historia me dijo que hubo un tiempo en que la llamaban la Fuente de las Lágrimas y, también, Fuente Agrilla.
Y es que hace mucho tiempo, cuando las aguas del Darro arrastraban en sus arenas pepitas de oro, en un fértil valle conocido como Valparaíso, un caminante descubrió una gruta en la que brotaba una fuente de agua clara y fresca como la nieve. Para llegar a ella había que caminar por una vereda serpenteante y angosta que se abría paso entre avellanos, almencinos, majoletos, pitas y chumberas.
Pronto se supo en toda Granada la existencia de aquella fuente y el agua que daba era muy apreciada por todas las gentes. En tiempos de Boabdil, las doncellas aprovechaban las cortas épocas de paz que se podían disfrutar en el reino de Granada, para ir a llenar sus cántaros en aquella fuente a la que atribuían grandes beneficios y, en las noches cálidas de verano, subían desde la ciudad o bajaban del Albayzin, para cruzar el Darro, desde El paseo de los tristes, y tomar camino a la misteriosa fuente. No sabían por qué; pero el agua de aquella fuente provocaba diversos efectos en quienes la bebían y, poco a poco, se les fue haciendo necesario beberla.
En una ocasión, atraído por la curiosidad, un intrépido moro, atrevido y valiente, entró en la cueva. Los jóvenes que lo acompañaron, esperaron en vano que saliera. Aquel joven nunca salió y sólo vieron un gran búho cerca de la cueva misteriosa, entonando un canto entrecortado. Y aquel agua, sin explicación aparente, unas veces tenía sabor amargo y otras un delicado dulzor parecido a la miel. Nadie sabía la razón por la que cambiaba el sabor. Y, cuando esto pasaba, los efectos por beberla también eran distintos: unas veces, se despertaba la pasión en los corazones más indiferentes; otras, se les cubría el corazón de frialdad y se convertían en burladores de sus amados. En los débiles encendía instintos bélicos y a los aguerridos guerreros los cubría de languidez y flojedad. Tanto fue así que los enfrentamientos y encuentros pasionales aumentaron y, en alguna ocasión, corrió la sangre. Después de las disputas o los encuentros amorosos, se quedaban dormidos.
El Cadí, que conocía el secreto de la cueva, se decidió a poner remedio. Dentro vivía una hermosa muchacha que el Cadí tenía por caprichosa y de la que pensaba que se divertía trastocando los sentimientos de quienes bebían su agua. Para protegerlos, y temeroso de que los caprichos de aquella hermosa doncella los dañara más cuando se quedaban dormidos, una pareja de guardias etíopes custodiaba la entrada. Pero aquella hermosa muchacha era un hada llamada Agrilla y las aguas cambiaban su sabor según su estado de ánimo. Cuando se sentía alegre y dichosa, las aguas eran dulzonas y proporcionaban felicidad a cuantos las bebían; por el contrario, cuando estaba contrariada en sus amores, alguna de sus lágrimas caía al agua y la tornaba amarga, perturbando así la paz de quienes la bebían.
Cuando los Reyes Católicos conquistaron Granada, el hada desapareció y el manantial se quedó con el último sabor que le transmitió su dueña. Agrilla, al abandonar su morada, lloró y las lágrimas fueron al agua mientras contemplaba la belleza del paisaje que sus ojos miraban por última vez. Quiso llevarse aquella imagen consigo y llenó con ella de dulzor su espíritu. Las aguas captaron ese instante y, desde entonces y para siempre, quedaron con un sabor ligeramente agridulce. Han pasado los siglos y el agua de la fuente conserva ese sabor y conserva las propiedades curativas y es que el hada, al tener que dejar la ciudad y su cueva, quiso que se quedaran para siempre en aquella fuente las señales de su poderoso hechizo. Durante mucho tiempo, los aguadores repartieron el agua de aquella fuente por la ciudad de Granada. Las doncellas moras y cristianas subieron juntas a llenar sus cántaros y los jóvenes de hoy siguen subiendo cada primavera por la Cuesta del Avellano para reunirse y charlar cerca de la fuente del agua agria. Muchos no lo saben, pero en el hecho de repetir este encuentro, se ejerce la atracción, que perdura en los siglos, del deseo de un hada. Quien piense que pasó la época en que las hadas decidían la suerte de los mortales, que suba a la Fuente del Avellano y se atreva a beber su agua.
Resulta curioso que la vida del autor de Granada la Bella haya estado tan vinculada al agua: nació junto a un molino, se reunía con los amigos en aquella fuente y acabó dormido sobre las frías aguas del río Duina en noviembre de 1898.Nadie habló de la Cofradía del Avellano, aquel cenáculo que el mismo Ganivet (Pío Cid) fundó y en el que se reunía lo más granado de la intelectualidad local, Nicolás María López (Antón del Sauce), Matías Méndez Vellido (Feliciano Miranda), Ruíz de Almodóvar (Perico Moro), Rafael Gago (Castejón), Melchor Almagro (Gaudente el Joven), Afán de Rivera (Gaudente el Viejo)… Pero se supo un poco tarde de sus componentes y del interés que podría tener el agua fresca de aquella fuente, si no era el de reunirse en amena tertulia, "hablar de lo divino y de lo humano" y arreglar con sus argumentos los problemas de la ciudad. Tal vez no bebieran sólo agua o ésta fuera "ardiente".
La Cofradía del Avellano era una reunión de amigos sin domicilio ni reglamento; semejante a una academia helénica, sentados en torno a una fuente de agua fresca, entre álamos y avellanos, según dejó escrito uno de sus componentes, Nicolás María López; tuvo poca duración y su verano más fructífero fue el de 1897 aprovechando unas vacaciones consulares de Ganivet. Muerto prematuramente el fundador, se acabó la Cofradía y parece que Granada se ha olvidado bastante de la Fuente del Avellano y algo del propio Ganivet. Quedan de la fuente numerosas citas; el mismo Ganivet en Los trabajos del infatigable Pío Cid dice "…y juntos nos encaminamos, dando un paseo, a la fuente del Avellano…".
El pintor y escritor granadino afincado en Madrid, José María Torres Morenilla, añorando los paisajes de su tierra, dejó escrito esto: "La más humilde, la más natural y quizá la más famosa [de la fuentes de Granada] es la del Avellano. Cuántas historias de amor se habrán trabado alrededor de su caño pequeño y gracioso; cuántas meditaciones, palabras sueltas, susurros y silencios".
Sin embargo podemos añadir, cuántas gamberradas, cuántas salvajadas, cuántos olvidos ha soportado. Un azulejo de Fajalauza, copia del original colocado en 1991 y muy amenazado, intenta recordar a Ángel Ganivet y la belleza de aquel paraje que él enalteció. Reconozco, sin embargo, que quien más divulgó después la fama de la fuente fue precisamente el cantar popular que escribió el maestro granadino, natural de Salobreña, José María Legaza Puchol y al que puso voz Antonio Molina: Al pie del Generalife/ en las márgenes del Darro/ hay una fuente famosa/ la fuente del Avellano. Testimonio fiel de la frescura y bondad de sus aguas dieron aquellos aguadores de Granada que la pregonaban por toda la ciudad, aunque es verdad que a veces reponían sus garrafas en los más cercanos caños del Pilar del Toro.

1 comentario:

  1. Con todo respeto, ese título sería para Loja con más de 200 fuentes y nacimientos censados, incluida la primera agua con denominación de España, la Fuente Santa, que se embotellada para la Corte

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